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Siempre Por La Verdad

Las infidelidades y el cristianismo

4 de junio de 2020

La esposa es propiedad privada del marido, y atenta contra el derecho de éste todo el que intente apropiarse en algún modo de su mujer.

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He aquí un principio básico en el mundo antiguo primitivo y la raíz de una condena del adulterio que discrimina durante siglos a la mujer.

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«No es lícito para el hombre lo que no lo es para la mujer», dirá a este propósito san Agustín. Y, como cristiano, tenía buenas razones para afirmarlo.

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No en vano san Pablo dice que «la mujer ya no es dueña de su cuerpo: lo es el hombre, y tampoco el hombre es dueño de su cuerpo: lo es la mujer».

Lo extraño es que con una doctrina tan clara durase tantos siglos la discriminación. Volveremos más adelante sobre el particular.

A lo largo de la historia, el adulterio se ha castigado con rigor. Los adúlteros, sobre todo si eran sorprendidos in fraganti, morían ejecutados en el antiguo imperio babilónico, en los hititas, en el mundo judío, en Grecia y en Roma.

Algunos emperadores mitigaron las penas, pero a finales del siglo III después de Cristo la pena de muerte por adulterio era cosa normal en el Imperio romano, y los emperadores cristianos, desde Constantino hasta Justiniano, continuaron en esa misma línea de rigor.

También las autoridades eclesiásticas castigaban duramente el adulterio. A partir, por lo menos, de finales del siglo II, en la Iglesia se considera que hay tres grandes pecados capitales que obligan a separar radicalmente de la comunidad al pecador: la idolatría, el homicidio y el adulterio.

Según san Agustín, hay quienes piensan que los demás pecados se pueden redimir fácilmente con la limosna, pero por lo que se refiere a estos tres, todos están conformes que han de ser castigados con la excomunión total y que los pecadores arrepentidos tienen que someterse a penitencia pública. 

En el siglo III se advierte incluso en la Iglesia una corriente más rigorista todavía, que considera el adulterio como irremisible. La Iglesia no puede perdonarlo; hay que poner al pecador en manos de Dios.

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